
Lampa, Metropolitana de Santiago · 15 años de experiencia
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Mi historia con la joyería comenzó con una obsesión personal: los aros. Siempre he creído que el aro es un accesorio fundamental; una pieza capaz de aportar luminosidad y femineidad al rostro de cualquier mujer, sin importar su rol. Pensaba en la comodidad que necesita una dueña de casa, en la presencia de una oficinista o en la fuerza de una obrera. Sin embargo, como consumidora, me topaba constantemente con una falencia: me enamoraba de un diseño, pero el tipo de gancho me incomodaba. Al notar que este problema era compartido por muchas mujeres, nació en mí el deseo de ofrecer una solución, aunque en ese entonces yo solo compraba y vendía piezas terminadas.El punto de quiebre llegó en 2007. Embarazada de mi segunda hija, comencé a frecuentar las ferias de comerciantes peruanos. Allí descubrí sacos llenos de aros incompletos o defectuosos que planeaban desechar. Vi una oportunidad. Compré aquellas piezas por un valor mínimo y empecé a armarlas a mi gusto: cambiaba ganchos, pulía la alpaca y revivía el cobre. Esa fue mi primera escuela, una práctica autodidacta que luego vendía puerta a puerta en mi natal Batuco. Con el tiempo el negocio creció y pasé a vender plata al por mayor. Pero el verdadero impulso hacia el oficio de orfebre nació de una dificultad técnica. Mis clientas me buscaban para reparar cadenas rotas o piezas oscurecidas. Pasar por decenas de talleres que no cumplían con mis estándares de calidad me llevó a pasar horas interminables en el centro de Santiago, esperando hasta altas horas de la noche el trabajo de un soldador experto.Esos regresos tardíos y peligrosos al sector rural de Batuco me hicieron tomar una decisión: yo misma debía aprender a dominar el metal. En esas horas de espera no perdí el tiempo; absorbí con la mirada cada movimiento, la precisión de las soldaduras finas y, sobre todo, el milagro de la fundición. Ver el metal volverse líquido me pareció algo maravilloso y definitivo.Ante la falta de escuelas formales accesibles en Chile, mi formación se volvió transfronteriza y comunitaria. Devoraba imágenes de referentes como Daniel Borde o metamorfeame925 cuyo orfebre es Alejandro Rodríguez de México Guadalajara y contactaba a joyeros de México, España y Argentina por redes sociales. Ellos, con enorme generosidad, me compartían manuales y libros de orfebrería en formato digital. Hoy en día, mi práctica se define por la experimentación. Me apasiona la fusión de la plata con elementos orgánicos y texturas diversas como la madera, la resina, las telas y el cuero. Si bien las demandas comerciales me llevaron durante años a realizar piezas por encargo, este año he consolidado un punto de inflexión crucial. He abrazado la orfebrería contemporánea y de autor. A través de este nuevo camino, busco plasmar una identidad propia con carácter nacional, transformando el metal no solo en un adorno, sino en una obra de arte con voz y territorio.
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